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Pedro Delgado

"El primer año ya vi que el Tour era mi carrera"

Viendo la foto nadie lo diría, pero Pedro Delgado cumple hoy 50 años. El corredor posiblemente más carismático de la historia de nuestro ciclismo, ganador del Tour 1988 y de la Vuelta 1985 y 89, actual comentarista en TVE, nos contó sus vivencias una mañana en el Parque del Retiro.

50 años, Pedro.

No siento ninguna sensación especial. El ánimo y el espíritu lo tengo bien. Es lo que importa.

¿Cómo le dio por la bici?

Porque quería ir al río con mis amigos. Así de fácil. Entonces no todas las familias podían comprar una bici al hijo. Y yo me quedaba aburrido mientras los demás se iban a bañar.

Solución: repartir periódicos por las casas, ¿no?

Sí. Mi hermano Julio y yo cargábamos al brazo con cien ejemplares cada uno de El Adelantado de Segovia. Con lo que ahorramos nos compramos la primera bici, era de niña, sin barra, y ruedas pequeñas.

¿Cuándo se decidió por practicar en serio?

Me animó mi amigo Frutos Arenal. Él estaba ya en la escuela de ciclismo de Segovia y me apunté. Tenía 14 años y una bicicleta mejor, claro.

¿Algún día clave que le enfocó hacia este deporte?

El Campeonato de Segovia de 1965. Carlos Melero, que era el único ciclista profesional segoviano, le habló mucho de mí a Ramón Chamorro Moliner. Vinieron tres ciclistas del Moliner-Vereco. Atacaba uno y salía a por él, atacaba el otro y luego el otro, hasta que me reventaron. Pero le gusté a Moncho Moliner, que acabó siendo mi padrino en el ciclismo, y me fichó.

¿Qué es lo que más recuerda de aquella época?

Todo. Mis mejores recuerdos son los de mis inicios en el ciclismo. La primera carrera que gané, en la que pinché y se me rompió el calapié, la recuerdo mejor que cuando gané mi primera etapa del Tour en Luz Ardiden. Yo sólo había salido de Segovia un par de veces que me llevó mi padre a Madrid. Al pasar al Moliner empecé a conocer mundo con un grupo de chavales encantados de la vida. Eran divertidos hasta los viajes. Cuando corríamos en las cercanías de Valladolid convivíamos muchos en un piso. El primer día que llegué me cayó un cubo de agua al abrir la puerta de la habitación.

¿Por qué al pasar a profesional prefirió entonces el Rey­nolds al Moliner?

Cuando Moliner hizo equipo profesional, tuvo que renunciar a los conjuntos inferiores. Yo me fui al Vanguard asturiano y, al año siguiente, llegó la mili. Obtuve un permiso para correr con la Selección amateur y estuve cuatro meses con el Rey­nolds. Justo al año siguiente Echávarri hizo equipo profesional y me quedé con él. Quizás porque Javier Mínguez, director del Moliner, tenía un carácter muy fuerte y me intimidaba. Yo era muy tímido y preferí la calma de Echávarri.

¿Fue muy fuerte el cambio a profesional?

Sí. Mi padre quería que no dejara los estudios de Enfermería. Decía que no me iba a ganar la vida con la bici. Ni podía entrenarme como un profesional ni sacar bien los cursos. Al año siguiente, 1983, decidí dedicarme por entero al ciclismo. Y fue la mejor decisión que he tomado en mi vida. Todo lo que tengo se lo debo al ciclismo: mi nivel de vida, la seguridad en mi mismo, el cariño de la gente...

En el 83, su primer Tour.

Íbamos asustados. Por entonces el ciclismo español no se comía un colín en el Tour. El objetivo era sobrevivir. El llano, el pavés, las caídas, el ritmo infernal... ¿Dónde me he metido?, pensaba. Pero llegó el primer día de montaña y de pronto estabas entre los veinte mejores, luego entre los diez... Terminé segundo tras Robert Millar. Esas montañas enormes, el calor..., no sé, pero en aquel año ya vi que el Tour era mi carrera. Incluso que podía ganarla alguna vez.

En 1985 se va del Rey­nolds. ¿Por qué?

Echávarri apostaba por Gorospe y nos dijo a Arroyo y a mí que no nos podía pagar lo que otros nos ofrecían. Me fui al Orbea.

Y gana su primera Vuelta jugándosela a Millar.

Con una fuga larga junto a Recio. Millar estaba pendiente de los que tenía cerca en la general y no se enteró de las diferencias que llevaba. Y su director creyó que los equipos españoles seguiríamos en guerra. Pero no sucedió.

¿Sabe que Robert Millar es ahora una mujer?

Sí. Pino me dijo que tras perder una Vuelta conmigo y otra con él, no le quedó más remedio que cortarse los huevos.

¿Y al año siguiente se va al PDM holandés?

Buscaba otra experiencia, mejorar en el llano y la contrarreloj, conocer otra estructura más organizada.

¿Ese año muere su madre durante el Tour?

Salí a ganar la etapa para dedicársela. Empecé a sufrir y pensaba en ella para darme fuerzas. Fue peor, tuve que bajarme.

¿En 1987 pierde el Tour por 40 segundos?

Lo perdí porque en La Plag­ne me vine abajo en los últimos kilómetros. Lo de Roche asistido con oxígeno en la cima fue más aparatoso que real. El Tour que sí pude ganar fue el de 1989.

El del despiste.

Sí. Se ha dicho que llegué tarde a la salida del prólogo porque me tomé un café, o me paró la Policía. Nada. Me fui a calentar lejos de la prensa y los aficionados. Me enconté con Thierry Marie y le pregunté cómo era el recorrido, me alejé demasiado y salí con 2:40 de retraso. Esa noche no dormí y en la contrarreloj por equipos estaba roto y los compañeros tuvieron que esperarme. Pero nunca he sentido una plenitud física tan grande como ese año. Andaba con una pierna. En la Vuelta salimos todos a apoyar a Indurain y cuando se rompió la muñeca asumí la responsabilidad y gané.

Nos hemos dejado el Tour de 1988. El de su victoria.

Ganamos el Tour en la etapa de Alpe d'Huez. Indurain rompió en la bajada de La Madeleine. Luego tiraron Arroyo, Magro, Omar Hernández... No gané la etapa, pero sentenciamos la carrera.

Un triunfo que se vio cuestionado por su falso positivo.

Yo tomé probenecid justo tras esa etapa de Alpe d'Huez. Lo usamos como drenaje, para ayudar al riñón. Era también un enmascarador de anabolizantes, pero si hubiera querido ocultar un tratamiento tenía que haberlo tomado todos los días y sólo apareció en ése. Además no era un producto prohibido por la UCI, sí por el COI. Pero no lo teníamos en la lista.