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Ciclismo | Vuelta a España 2009

Amigos para siempre

España retoma la Vuelta tras la fiesta de los Países Bajos

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AMBIENTAZO. Dieter Senft, el famoso diablo de las grandes vueltas, posa con un toro de Osborne antes de la etapa que unió Venlo (Holanda) con Lieja (Bélgica).

Faralaes, guitarras y saludables muchachas de 1,80 vestidas de sevillanas. Los Países Bajos y Bélgica se volcaron con la Vuelta a España. Fue un sarampión de lunares y bienvenidas. Resultó una acogida espléndida y un éxito de público. De hecho, en los pulimentados arcenes nos encontramos con la participación popular que tanto apreciamos en Giro y Tour. Pueblos en fiestas por el paso del pelotón, concurso abierto para dibujar sobre la hierba la bicicleta más grande y en este caso, toros en las rotondas. Toros pintados por quien jamás vio uno, toros manga, de compañía y biberón. Toros de buena voluntad, al fin y al cabo.

El balance sólo puede ser positivo porque la Vuelta pierde en campo abierto frente al Tour y el Giro, contra sus fechas, sus montañas y su leyenda. Por eso es una idea brillante convertir la carrera en un banco de pruebas, diferenciarla y modernizarla, comenzar en un circuito de motos y acumular luego tantas montañas como reclama el público, o regresar el año próximo al maillot rojo de líder, que ya se utilizó en 1945. Cualquier cosa para volverse atractivo y rentable.

Misión.

Y en ese proceso también se hace necesario convocar a los extranjeros, audiencia y corredores. De momento, la misión parece cumplirse, según se advirtió en las carreteras y según se observa en la clasificación general, donde los siete primeros son ilustres forasteros.

No faltan, no obstante, aquellos que se ciñen a la letra del contrato y no les cuesta aceptar una Vuelta a España circulando por el corazón de Europa. Hasta para eso hay coartada aunque no se precise: aquellas tierras pertenecieron durante más de un siglo (1516-1648) a la corona española y cuentan los sabios que nuestros flamencos de quejío y taconeo son herencia etimológica de los flamencos de Flandes (flamings), que por ser rebeldes y levantiscos se confundieron luego con los gitanos. Convendrán los puristas que no es malo pasar de la Vuelta a España a la Vuelta al Imperio.

Por lo demás, hace ya mucho tiempo que los trazados de las grandes vueltas no recorren el contorno de sus respectivos países. Sucedía con el Tour de Francia de las primeras décadas, pero aquello pasó a mejor vida, sometido a la lógica de las finanzas y las novedades. La Vuelta que hoy se reanuda da por cumplido el viaje al norte y arranca en Tarragona para explorar la Comunidad Valenciana, Murcia, Andalucía, Castilla-La Mancha, el sur de Castilla y León, y, por último, Madrid. Pasamos, por tanto, del verde al amarillo, y hemos de hacerlo (pienso en la organización de la ronda y en TVE) sin olvidar cuanto tiene el viaje de promoción turística y cultural, incluso de orgullo patrio, si es que tal cosa aún puede decirse.

La Vuelta que prestamos a los Países Bajos (sexto país más desarrollado del mundo, por cierto) regresa a casa con el interés multiplicado y los favoritos enteros, aunque magullados. Ahora nos corresponde a nosotros ejercer de público, de extras y de animadores. El espectáculo lo merece.