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Boicot a la emoción

Ciclismo | Tour de Francia

Boicot a la emoción

Boicot a la emoción

reuters

El pelotón sólo disputó los últimos 30 km. Ganó Cavendish.

La mayoría del pelotón pactó ayer que la etapa sería un fingimiento hasta los 30 últimos kilómetros. La idea (brillantísima, propia de quien suele escupir contra el viento) era protestar por la decisión del Tour de retirar, de forma experimental, los pinganillos. La propuesta de la organización era que los ciclistas corrieran, como ha sucedido durante 90 años, siguiendo las instrucciones acordadas en el hotel, improvisando movimientos ante situaciones inesperadas y acudiendo al coche del director cuando fuera menester. Una locura, como pueden observar. Un caos, un peligro. Y se plantaron.

Si tuvieron en cuenta el perjuicio que hacían a la carrera, lo ignoro. Tampoco sé si valoraron el daño que causaban a sus patrocinadores, que invierten en equipos cuyos ciclistas compiten, con auriculares o sin ellos. Probablemente no pensaron en nada. Sólo atendieron a esa paranoia que les dicta que el mundo les persigue y que cualquier ocurrencia del exterior es una agresión. El asunto es viejo. Hasta cuando la UCI dictaminó que los ciclistas debían llevar cascos para salvar sus vidas muchos corredores se opusieron: daban calor.

Así se había planteado la etapa cuando del rebaño escaparon tres corredores que representaban a la minoría de equipos no alineados: Vaugrenard (FdJeux), Dumoulin (Cofidis) y Hupont (Skil). Junto a ellos se infiltró el ruso Ignatiev (Katusha), enviado por el pelotón para ejercer de lastre y comisario político.

Por detrás, el paso de la oca. El grupo, en huelga competitiva y con disciplina soviética, vigilaba para evitar que se disparara la diferencia de los hombres libres. Su ventaja no pasó de los dos minutos. Cuando se cruzó la frontera prevista, el pelotón cumplió el guión: victoria al sprint. Primero se atrapó a los fugados y luego se impuso Cavendish, que nunca encontró tantas ovejas juntas.

Análisis.

Para analizar lo ocurrido conviene partir desde lo esencial. Para empezar existe un error de concepto. Aquí no se libra una batalla contra el pinganillo sino contra las conservadoras instrucciones que transmiten a través de dicho aparato los directores deportivos. Dejemos de plantear la cuestión como un ataque contra los avances tecnológicos. De hecho, se aceptaría de buen grado un pinganillo conectado con Radio-Tour, actualidad y advertencias de seguridad. Y cito la seguridad porque es el principal argumento de los directores ultrajados.

Es importante aclarar la cuestión porque ayer se reunió un coro de plañideras con directores, ciclistas y no pocos informadores. El consenso que no se alcanza para denunciar el dopaje se dio ayer en favor del sonotone. Se llegó a decir que quitar el pinganillo era como retirar los ordenadores de los periódicos. Tanto como eliminar los teléfonos móviles, los satélites e internet. Comparaciones todas muy mesuradas.

Se comprende la furibunda reacción de los directores. Ellos se han apoderado del ciclismo y se lo dejan en herencia. Ellos, que se han escapado sin mancha de las épocas más turbias, se reparten las licencias ProTour. Es normal que quieran proteger su negocio.

Lo lamento más por los ciclistas, otra vez mayoritariamente aborregados. Sólo seis de los 20 equipos se negaron a firmar ese pacto que pretende salvar el pinganillo como si de las ballenas se tratase. El plante general señala de nuevo su fracaso como gremio independiente. Los corredores encubren igual a los médicos perversos que a los directores malos. Hasta Contador, que se siente traicionado por su equipo, defendió el derecho de Bruyneel a cantarle en la oreja.

El Tour resiste y asegura que el viernes tampoco habrá pinganillos. Viva el Tour.

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